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jueves, 14 de marzo de 2013

Olga Khokhlova. Conclusiones, bibliografía y webs.

Si podemos sacar una conclusión acerca de la persona y vida de Olga Khokhlova, y más concretamente de su relación con Picasso es que lamentablemente se ha visto superada por la sombra del artista.
Su carrera como bailarina en el ballet de Diaghilev no llegó a despegar, pues más que por sus dotes artísticas fue escogida por  sus contactos. Años más tarde abandonó definitivamente los escenarios para estar junto a Picasso y junto a Pablo, el hijo de ambos.
Pero si hay algo que no se puede negar de Olga es que era una mujer de armas tomar. El día de su boda, siguiendo una tradición rusa que decía que el primero de los novios en pisar la alfombra nupcial dominaría al otro, dejó claro su temperamento y sus pretensiones adelantándose al pintor malagueño.

Ese carácter fue probablemente lo que enfrió la relación de la bailarina con el pintor. Olga, arrastró a Picasso en una obsesiva escalada social, empujándole a círculos en los que no se sentía nada cómodo, precipitando así su separación.

Sin embargo, a pesar de su fuerza, Olga también sucumbió a la figura de Picasso. Hasta la fecha de su muerte en 1955,  los que la conocieron alegan que persiguió al pintor en un estado demencial, abandonada como el resto, atrapada en el juego sadomasoquista del pintor.


A continuación os dejamos algunos libros y webs de interés en los que ampliar la información sobre Olga Khohklova y Picasso.

BIBLIOGRAFÍA
BOWLT, J., Los ballets rusos de Diaghilev, 1909-1929 : cuando el arte baila con la música : [exposición] , Madrid, Fundación "la Caixa", Turner, D.L. 2011


GALERÍA ELVIRA GONZÁLEZ, Picasso y la mujer : óleos, dibujos y esculturas (1901-1963) : [exposición] ,  Madrid, Galería Elvira González, D.L.1996.

JULÍAN, I., “Picasso y la mujer “en La mujer en el Arte Español, VIII Jornadas de Arte, Madrid, C.S.I.C. , 1997.


PALAU, J., Picasso de los ballets al drama, 1917-1926, , Barcelona, Polígrafa, 1999.
WIDMAIER, O.,Picasso retratos de familia, Madrid, Algaba ediciones, 2003.

PÁGINAS WEB

sábado, 9 de marzo de 2013

Olga Khokhlova, de bailarina a modelo



El giro que dio la vida de Olga Khokhlova al entrar Picasso en ella es uno de esos casos en los que a muchos de nosotros, como espectadores ajenos, nos resulta muy fácil criticar. Nos inunda la rabia al pensar en hasta dónde podría haber llegado la dulzura de sus movimientos de no haber sucumbido a la cubista magia del pintor. Pero está claro que cada pareja es un mundo y el amor impredecible.

Olga quiso ser bailarina desde que visitó Francia y vio actuar a Madame Shroessont; consiguió entrar a formar parte del la compañía del “perfecto ballet” que siempre persiguió Diaghilev, en la que sólo eran aceptados los mejores artistas del momento, y en menos de dos años lo dejó todo por permanecer junto al hombre que amaba. A partir de entonces, posará en todo tipo de actitudes para él y en sus retratos quedará reflejado el deterioro de la pareja y del amor de Picasso por ella, con pinturas cada vez más “salvajes”.

      
                    
                   Retrato de Olga, 1917                                              Madre e hijo, 1921                       Retrato de Olga, 1923

Olga pasará de ser la que pisa la alfombra el día de su boda (lo que según su tradición cultural suponía tomar las riendas en el matrimonio) a convertirse en la modelo que mira sentada a Picasso mientras éste la pinta, con los ojos desbordantes primero de ilusión y después de lágrimas. Sentada ante un hombre que ya no la ama. Y es que la divergencia de sus caracteres terminó pasándoles factura. Pasará de ser su musa, su fuente de inspiración y placer, a la madre de su primer hijo, a la que abandonó.

¿Qué habría sucedido si Olga hubiese continuado la gira de los Ballets Rusos por Sudamérica en lugar de renunciar a su sueño por quedarse junto a Picasso? Lamentablemente, es una de esas respuestas que ni siquiera el tiempo podrá responder ya. Olga Khokhlova escogió el amor.

viernes, 8 de marzo de 2013

Olga Khokhlova y el Ballet de Diaghilev

En 1909, los ballets rusos de Serge Diaghilev conquistaron la escena cultural parisina. Durante veinte años, la compañía de ballet dedicó excepcionales representaciones por todo el mundo. Diaghilev consiguió lo que nadie había logrado hasta ahora: aunar la danza, la música y la pintura a través de sus más extraordinarios protagonistas. Léonide Massine, Tamara Karsavina, Pablo Picasso, Henri Matisse, Erik Satie e Igor Stravinsky, entre otros, consiguieron hacer del ballet clásico una obra de arte total.   

En 1912, a sus veintiún años, Olga Khoklova, hija de un coronel de la Armada Imperial rusa, decide emprender su carrera como bailarina, a pesar de la negativa de sus padres. Diaghilev sentía debilidad por las jóvenes de buena familia y decide aceptarla en su compañía. Si bien, la belleza nunca había sido su fuerte, como tampoco lo fue su calidad como bailarina, sí destacó por su delicadeza y elegancia en el escenario. Tenía unos modales exquisitos y un ‘’especial encanto de Rusia’’, que se había puesto de moda en Europa.

Fotografía (Olga, Picasso, Diaghilev, Boris Kochno, Paulo Picasso)
                                                                                                                                                                          
Serge Diaghilev, deseaba contar en su compañía con la presencia de artistas de renombre. Pablo Picasso, a sus 36 años, había logrado un importante reconocimiento internacional y fue invitado por Diaghilev para realizar los diseños del vestuario y escenografías del ballet Parade.
En la primavera de 1917, Olga y Picasso se conocen en Roma durante la gira italiana. Tras cinco años en la compañía, Olga era consideraba una bailarina disciplinada y diligente, con buenas técnicas y cuya presencia en el escenario destacaba por su carácter amable y correcto. Sin embargo, nunca consiguió alcanzar el éxito profesional.

A finales de junio, la compañía actuó en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona. Olga interpretó diez papeles, entre los que destacan, como dama de honor en Les Menines y como Felicia en Les Femmes de bonne humeur, dos ballets originales de Léonide Massine. A pesar de los grandes elogios cosechados por su interpretación, tanto del coreógrafo como del propio Diaghilev, decidió no participar en la gira sudamericana y permanecer junto a Picasso. La relación entre el artista y la joven tardó poco tiempo en normalizarse. Cansado de amantes vulgares, el pintor vio en la joven, una modelo y pareja perfecta, que irradiaba exotismo y distinción.

Durante su estancia en Barcelona, Picasso realiza el primer retrato al óleo conocido de la joven: Olga Khokhlova con mantilla.
La mirada marcada y penetrante, los tímidos tirabuzones que se dejan entrever en el rostro y los labios rojos, nos presentan un retrato femenino de un marcado carácter español. No obstante, Picasso no quiso despojar a la joven de toda su identidad. En sus ratos libres, Olga acostumbraba a disfrazarse, y si observamos con detenimiento el retrato, identificamos que la prenda que cubre sus cabellos, lejos de ser una mantilla española, es un tapete bordado con flecos. Este retrato refleja la visión que tenía Picasso sobre su joven enamorada; representa la elegancia y distinción que un día le cautivó, pero que no duraría para siempre.  

Olga Khokhlova con mantilla

En julio de 1918, deciden contraer matrimonio en Paris, momento en el que Olga deja definitivamente de ser Khokhlova para convertirse en Picasso. Si bien volvió una vez más a los escenarios en Londres, poco después terminaría con su carrera como bailarina. Olga no tuvo ocasión de triunfar profesionalmente, y su matrimonio con Picasso resultó ser una unión difícil, que le marcaría durante toda su vida.

Olga Khokhlova en la obra de Picasso


Retrato de Olga en un sillón, 1917

La entrada de Olga Koklova en la vida del pintor malagueño supone un cambio altamente notable en su obra. Picasso deriva desde el mundo de la abstracción a un clasicismo que puede ser considerado conservador, muy cercano a las pinturas de Ingres. Este conservadurismo tendente a lo clásico se puede ver también en la propia personalidad de Olga, quien a pesar de trabajar en una de las compañías de ballet más vanguardistas del momento, es una mujer de mentalidad burguesa, que persigue escalar puestos hasta la cúspide social, siendo uno de los motivos por los que se interesa por Picasso desde el primer momento, ya famoso y rico pintor. Así, durante los años que dura su matrimonio (de 1917 a 1929), la pareja vive en un mundo de lujo y postura -el deseado por Olga- hasta que Picasso conoce a los surrealistas, y a través de ellos consigue salir de ese engolado círculo, dando rienda a toda la frustración acumulada mediante la liberación del subconsciente.
Retrato de Olga Koklova, 1923
A través de la centena de retratos que el pintor realizó de Olga, podemos vislumbrar varios hechos; el mencionado anteriormente, ese estilo mucho más clásico que vuelve con entusiasmo la atención a la figura humana, pero también la omisión de la “verdadera” Olga en el cuadro. Como podemos observar los retratos de 1917 y 1923, la modelo tiene un aspecto lánguido y decaído, casi ausente. Estos rasgos de ninguna manera concuerdan con esa mujer dominante, altiva y ambiciosa de la que nos hablan las fuentes, por lo que puede suponerse que de nuevo la visión misógina, cosificante de Picasso es la que impera en el retrato. La mirada de Olga no es la suya, sino el genio malagueño mirándose a sí mismo a través de su objeto de deseo.

Olga con Mantilla, 1917
Sin embargo, en Olga con mantilla (1917) sí que aparece con una expresión más insatisfecha, seria e incluso tozuda, menos idealizada que en los retratos anteriores. Algunos de los biógrafos de Picasso han remarcado este hecho, incluso Patrick Obrian en Pablo Ruiz Picasso: A Biography dice que “comparada con algunos de los retratos posteriores, se da la curiosa circunstancia de que la modelo no está idealizada; se ven claramente los tensos rasgos de la arpía”. Este comentario es otra muestra de la necesidad por la que nace este blog, pues carece de toda justicia ese casi insulto hacia la bailarina, denostada por tener una personalidad dominante, legítimamente masculina.

Así pues, si ponemos un poco de atención, este comentario aparentemente inofensivo, remite a un pensamiento que se extiende y repite a lo largo de la historiografía del arte, (sólo debemos leer en qué consideración se tiene a Gala Dalí) en el que la mujer sólo es aceptada como objeto, nunca como ser activo e incluso dominante.

jueves, 7 de marzo de 2013

Olga Khokhlova: Biografía

Yo soy Olga Koklova, la sobrina del Zar

Estas fueron las palabras que pronunció la bailarina ucraniana cuando Jean Cocteau le presentó a Picasso en los camerinos del teatro donde trabajaba para el ballet de Diaguilev, en 1917.

Estas primeras palabras ya hacían alarde de su ambición y, por supuesto, de sus pretensiones hacia el pintor malagueño. A partir de este momento, la astucia y fragilidad de Olga comenzaron a aparecer en sus pinturas, bajo una máscara teatral de profunda tristeza y frialdad. Estos adjetivos que rodean el nombre de la bailarina no son más que la fachada que dejó inscrita en la vida del artista, dado que no podemos dudar del amor incondicional que sentía hacia él, pese al continuo choque de sus personalidades divergentes.

Obviando sus diferencias, se casarán el 12 de julio de 1918 en la iglesia ortodoxa rusa de París, donde Olga Koklova dejó claro una vez más quién iba a llevar las riendas de ese matrimonio.

Sólo tres años más tarde nacería su primer hijo: Pablo. Como símbolo de estabilidad, después de haber deambulado juntos por diferentes ciudades de Italia, España y Francia trabajando, ambos, para el ballet de Diaguilev, la llegada de su hijo y el cese de Picasso como diseñador de vestuario del ballet, hicieron que Olga se decidiese por abandonar la compañía para quedarse con su marido. Esta renuncia a su autonomía fue decisiva para la completa incompatibilidad entre ambos, haciendo insoportable la relación y llevando a Picasso a los brazos de nuevas amantes.

Olga Koklova, la mujer de Picasso por antonomasia, la primera y única (en el sentido estricto de la palabra), se consagró de esta manera al morir en 1955, a los 63 años de edad, sola y sin haberle concedido el divorcio al artista. Sus razones, las resumía en una sola frase:

Soy Olga Koklova. Soporté al genio con cariño durante más de doce años. Fui legalmente su primera esposa y, como a casi todas, me abandonó.”


Laura Rodríguez